03 abril 2012

La importancia de la intercesión


En Apocalipsis 8.1-4, se abre una pausa en la frenética actividad que describe la visión.
Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora. Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y se les dieron siete trompetas. Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos. Y el ángel tomó el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos y voces, y relámpagos, y un terremoto.

En el momento decisivo, cuando está por precipitarse la acción de Dios sobre la tierra, hay media hora de silencio, aparentemente a la espera de «las oraciones de todos los santos» que, mezcladas con el incienso del altar de Dios, determinarán el curso de la historia.
Por algún motivo, parece ser que sin las oraciones, no se desata la acción celestial. El futuro no está hecho. Nos toca a «los santos» elegir el futuro que queremos, y reclamarlo del trono divino. El diablo y las fuerzas humanas y demoníacas de destrucción, violencia, corrupción, guerra y maldad, quieren convencernos de que el mundo que ellos están creando, el mundo caído que ellos nos han creado, es inevitable. Pero mediante la oración de fe, abrimos lugar para imaginar un mundo distinto, un futuro con otras reglas de juego que las que nos han dicho que eran las únicas posibles.

La oración es un acto de rebeldía contra la presente realidad. Frecuentemente, para los más débiles de todo, es el único acto de rebeldía que se pueden permitir. Con su clamor a Dios tienen la osadía de imaginar que el reino de Dios sea posible, proclamar con fe la esperanza en que un día las cosas serán distintas, y por esa misma fe dan lugar a que en los cielos las cosas se empiecen a mover para que esa nueva realidad imaginada y reclamada de Dios, un día se haga realidad. ¿Cuántos siglos, cuántas generaciones, clamaron a Dios los hebreos oprimidos por Faraón? (Y el espíritu de Egipto se encargaba de declarar absurdas e inútiles esas oraciones.) Hasta que un día por fin llegó la hora de la liberación.

¿Por qué demoró tanto la liberación? No nos es dado saberlo. Lo que sí sabemos es que cuando por fin llegó, fue porque Dios escuchó el clamor de su pueblo. La lección es clara: sin clamor no hay liberación. Con clamor puede que tarde generaciones, incluso siglos; pero sin un clamor que conmueva el corazón de Dios, no llegará nunca.

Si esto es así, de alguna manera los intercesores son los que eligen el futuro, eligen cómo ha de ser el futuro que Dios nos conceda. Ahora bien, si todo depende de los intercesores, ¡vaya responsabilidad! ¿Cómo hemos de saber qué es lo que hay que pedir, cuál es el mejor futuro por el cual pedir para que Dios nos lo conceda?

Romanos 8 nos habla de que existe tal cosa como un gemido universal. En los versículos 19-22 la creación entera gime con un anhelo ardiente, sin palabras. Toda la naturaleza sufre el embate de nuestra rapiña, contaminación, la violencia egoísta de los humanos que destruimos todo lo que tocamos. Los bosques que talamos y quemamos, los animales que aniquilamos hasta la extinción, la tierra misma que asolamos y contaminamos con nuestra minería rapaz, el mar que envenenamos y cuyos peces agotamos, toda la creación sufre, se retuerce de dolor ante su creador, gime en su anhelo de que por fin se manifiesten los hijos de Dios. Pero no sólo la creación, sino nosotros mismos también gemimos (versículos 23-24) en nuestro anhelo inefable, y nuestro gemido es uno con el gemido de toda la creación que clama sin palabras delante de Dios.
Pero, ¡atención!, ¿de dónde, de quién procede ese gemido universal? Observemos los versículos 26-27 (que cito aquí de la Biblia de Jerusalén, que me parece la que con mayor claridad lo traduce):
Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios.
¡Dios mismo es el que está gimiendo! Ese gemido universal, mezcla de dolor y de esperanza, es el gemido de Dios, que intercediendo por nosotros, se extiende por toda su creación corrompida y se escucha en el gemir de ella y en el nuestro.

Este es entonces el sentido de los versículos 26-27:
Nosotros, en nuestra debilidad (v. 26), no sabemos qué es lo que debemos pedir en nuestra responsabilidad de elevar ante Dios las oraciones que transformarán las realidades de este mundo y harán viva y presente la realidad del reino de Dios. Pero (v. 27) si somos de los que escudriñan los corazones, entenderemos el sentir o la intención del Espíritu, e intercederemos conforme a la voluntad de Dios.

¡Nos toca a nosotros escudriñar los corazones (los nuestros, los ajenos, los de toda la creación) y así nos daremos cuenta de qué es lo que aspira a ver Dios en la tierra, para que nuestra oración sea conforme a los deseos de Dios!

¿Cómo hemos de ejercer, entonces, sabiamente la responsabilidad de pronunciar aquellas oraciones que, mezcladas con el incienso del altar en el cielo, ante el silencio expectante de toda la multitud de los ángeles de Dios, determine el curso de un nuevo futuro de esperanza, distinto al futuro de muerte que el diablo nos tiene preparado?

Tan sólo hace falta escuchar los corazones. Ahí Dios ha puesto, en gemidos sin palabras, el testigo de su propio anhelo de un mundo de paz, armonía, belleza, reconciliación, amor, consolación y dulzura.
Dionisio Byler (basado, en parte, en ideas cogidas de Walter Wink,Engaging the Powers) Boletín CEMB Nº 57, mayo 2000

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